A mediados de la década de 1990, Carabayllo era un distrito de Lima Norte en pleno proceso de expansión urbana, con una infraestructura de servicios de salud que avanzaba a un ritmo mucho más lento que el crecimiento poblacional. En ese contexto, una epidemia de tuberculosis multidrogorresistente (TB-MDR) puso a prueba al sistema sanitario local y motivó la llegada de un pequeño equipo liderado por los médicos Paul Farmer y Jim Yong Kim, cofundadores de Partners In Health (PIH), junto con el médico peruano Jaime Bayona.
Lo que comenzó como un programa piloto de apenas diez pacientes dio origen a un principio que treinta años después sigue siendo el núcleo de la identidad institucional de Socios En Salud (SES): el acompañamiento. Más que una estrategia asistencial complementaria, se trató de una hipótesis de trabajo que colocaba las condiciones de vida del paciente, y no solo el esquema farmacológico, en el centro del proceso terapéutico. Esa hipótesis fue puesta a prueba con resultados concretos: mientras otros programas de la región reportaban tasas de curación cercanas al 50%, el modelo desarrollado en Carabayllo alcanzó una tasa de éxito de aproximadamente 85%, un hallazgo que en 2003 llegó a las páginas de The New England Journal of Medicine y que consolidó la colaboración de SES con la Escuela de Medicina de Harvard. Ese primer capítulo, sin embargo, es solo el punto de partida de una historia considerablemente más amplia. Reducir tres décadas de trabajo de SES a la tuberculosis sería desconocer la magnitud del crecimiento que la organización experimentó en las dos décadas siguientes.
De un programa contra la tuberculosis a una organización de salud integral
A partir de los años 2000, SES comenzó a aplicar la misma lógica de acompañamiento desarrollada en Carabayllo a otras áreas de la salud pública peruana. La atención integral del VIH, la salud mental comunitaria, la salud materno infantil y adolescente, y las enfermedades no transmisibles, incluido el cáncer, pasaron a formar parte de su cartera de programas. En cada una de estas líneas, el principio rector se mantuvo constante: los determinantes sociales de la salud, como el acceso a transporte, la seguridad alimentaria, la vivienda y el soporte familiar, inciden en el pronóstico clínico con un peso comparable al del diagnóstico biomédico.
Bajo esa premisa surgieron iniciativas como el Policlínico SES (POLSES), que amplió el acceso a consulta ambulatoria en zonas de escasos recursos, y los hogares protegidos para personas con trastornos mentales crónicos, un modelo poco frecuente en la oferta pública de salud mental en el país. También se desarrollaron proyectos de investigación orientados a fortalecer las redes de soporte social en pacientes con VIH, entre ellos PASEO y DiME, ambos desarrollados en colaboración con la Escuela de Medicina de Harvard y financiados por el Instituto Nacional de Salud (NIH) de Estados Unidos. En paralelo a esta expansión programática, SES consolidó capacidades de investigación científica propia a través del Laboratorio SES, fortaleció alianzas con universidades, organismos internacionales y el Estado peruano, y asumió un rol cada vez más activo en la implementación de programas financiados por el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria (The Global Fund). Esta trayectoria transformó a SES de un programa comunitario centrado en una enfermedad específica a una organización de salud integral, con capacidad de investigación, incidencia en política pública y ejecución de programas a gran escala.
Sostener esta transformación implicó, a lo largo de los años, un desafío organizacional considerable. Pasar de un programa piloto de diez pacientes a una institución con presencia en múltiples áreas de la salud pública requirió sistemas de información capaces de dar seguimiento individualizado a miles de personas, equipos de agentes comunitarias capacitadas y supervisadas de forma continua, y una articulación permanente con los establecimientos de salud del Ministerio de Salud (MINSA), de modo que el trabajo comunitario se tradujera efectivamente en indicadores clínicos verificables. Esa capacidad de gestión, poco visible desde fuera de la organización, es en buena medida lo que ha permitido que el modelo de acompañamiento se sostenga durante tres décadas sin perder rigor ni escala.
El crecimiento institucional también se reflejó en la manera en que SES se relacionó con el Estado peruano. De ser un programa piloto que operaba al margen del sistema público de salud en sus primeros años, la organización pasó a convertirse en un socio técnico habitual del MINSA y de gobiernos regionales, participando en el diseño de estrategias sanitarias y en la formación de personal de salud en distintas partes del país. Esa evolución, de ejecutor de un programa comunitario a interlocutor técnico de política pública, es uno de los cambios menos visibles, pero más significativos ocurridos en estos treinta años.
Las agentes comunitarias de salud, el hilo conductor de treinta años
Si existe una figura que atraviesa las tres décadas de historia institucional de SES, no es la de un investigador ni la de un médico especialista, sino la de las agentes comunitarias de salud. Presentes desde los primeros años del programa contra la TB-MDR y hoy integradas en prácticamente todas las líneas de atención de la organización, las agentes comunitarias son seleccionadas por sus propias comunidades y conocen a las familias, las dinámicas del barrio y los factores de riesgo social con un nivel de detalle difícil de replicar desde un consultorio. Durante años, el valor de este trabajo se sostuvo principalmente en la experiencia acumulada del equipo, sin un correlato sistemático en la literatura científica. Esa brecha se cerró parcialmente en 2024, cuando un estudio publicado en PLOS Global Public Health, desarrollado por investigadores de SES junto con universidades estadounidenses, documentó que los pacientes con tuberculosis que reciben acompañamiento de familiares o cuidadores durante el tratamiento presentan mejores resultados clínicos. El hallazgo aportó respaldo cuantitativo a una convicción operativa que la organización ha aplicado, con distintas variantes, en cada uno de sus programas a lo largo de treinta años: la adherencia terapéutica no depende únicamente de la idoneidad del esquema clínico, sino también de la red de soporte social que rodea al paciente.
Investigación con proyección internacional
Uno de los rasgos distintivos de la trayectoria de SES es la capacidad de traducir la experiencia comunitaria en evidencia científica publicable, un puente que no siempre resulta sencillo de construir entre la ejecución de programas sociales y la investigación clínica rigurosa. La publicación en NEJM de 2003 fue el primer hito de este proceso, pero no el único. Años después, estudios como endTB, desarrollados en alianza con la Escuela de Medicina de Harvard, contribuyeron a las recomendaciones publicadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2024 para el tratamiento de la tuberculosis multidrogorresistente, mientras que las investigaciones sobre acompañamiento familiar y redes de soporte social en VIH ampliaron la producción científica de la organización hacia nuevas áreas terapéuticas.
Este historial de publicaciones no es un dato menor para una organización de origen comunitario. Refleja una decisión institucional sostenida a lo largo de tres décadas: someter cada intervención social a los mismos estándares de evaluación que se exige a cualquier intervención biomédica, en lugar de asumir que el impacto social se explica por sí mismo. Esa disciplina metodológica es, en gran medida, lo que ha permitido que un programa nacido en un asentamiento humano de Lima Norte termine siendo citado en guías clínicas internacionales.
Esa misma disciplina se trasladó, con los años, a las demás áreas de trabajo de la organización. Los programas de salud mental comunitaria y de salud materno infantil desarrollaron sus propios sistemas de evaluación de resultados, y los proyectos vinculados a enfermedades no transmisibles comenzaron a generar información sobre acceso y continuidad de cuidado en poblaciones que tradicionalmente quedan fuera de los registros formales del sistema de salud. El resultado, treinta años después, es una organización que produce evidencia propia en prácticamente todas sus líneas de intervención, y no únicamente en el área que le dio origen.
Treinta años después, una organización distinta a la que fue en 1996
Es posible resumir la historia de Socios En Salud a partir de sus publicaciones, reconocimientos internacionales o indicadores epidemiológicos. Todos ellos son relevantes y respaldan la solidez del modelo. Pero el aporte más significativo de estos treinta años probablemente sea de naturaleza conceptual: la organización contribuyó a instalar, con evidencia clínica sólida y en múltiples áreas de la medicina, una idea que hoy resulta menos disruptiva de lo que era en 1996, pero que sigue exigiendo un esfuerzo deliberado de implementación en los sistemas de salud: ninguna enfermedad puede comprenderse ni tratarse eficazmente al margen de las condiciones de vida del paciente.
Ese principio, aplicado inicialmente a la tuberculosis, es hoy el mismo que orienta el trabajo de SES en VIH, salud mental, salud materno infantil y enfermedades no transmisibles. La organización que existe en 2026 opera a una escala y con una diversidad de programas que difícilmente podían anticiparse en 1996, cuando el desafío inmediato era, simplemente, demostrar que diez pacientes con TB-MDR podían completar su tratamiento en un contexto de pobreza estructural. Para los sistemas sanitarios que hoy enfrentan tensiones crecientes entre eficiencia, cobertura y calidad de atención, la trayectoria de SES ofrece un antecedente concreto de cómo un modelo de acompañamiento, validado inicialmente en una sola enfermedad, puede convertirse en un marco institucional aplicable a áreas tan distintas como la salud mental comunitaria o la oncología.
Treinta años después de aquel primer programa piloto, la pregunta que sigue orientando el trabajo de la organización no ha cambiado: cómo diseñar modelos de atención que respondan, al mismo tiempo, a la evidencia biomédica y a la realidad social de quienes los reciben.
Para la comunidad clínica peruana, el aniversario de Socios En Salud es también una invitación a revisar qué elementos de este modelo, sostenido por tres décadas de evidencia y por una red de agentes comunitarias que conocen a sus pacientes mejor que cualquier historia clínica, podrían incorporarse de manera más sistemática a la práctica cotidiana de los servicios de salud, dentro y fuera del ámbito de las enfermedades que dieron origen a la organización. Treinta años son, en la escala de una carrera clínica o de una institución de salud, un periodo suficientemente largo como para evaluar si un modelo funciona más allá de sus resultados iniciales. En el caso de SES, la respuesta parece estar tanto en la continuidad de sus indicadores como en su capacidad de adaptación: la misma organización que en 1996 debía convencer a la comunidad médica internacional de que la TB-MDR podía tratarse con éxito en un contexto de pobreza extrema es, hoy, un actor consolidado en salud mental, VIH, salud materno infantil y enfermedades no transmisibles, con presencia técnica en instancias de decisión del sistema de salud peruano. Ese recorrido, de un programa piloto de diez pacientes a una organización con proyección regional, es probablemente el mejor indicador de que el modelo de acompañamiento desarrollado en Carabayllo no fue una respuesta puntual a una epidemia, sino un principio de atención con vigencia sostenida en el tiempo.
