En el marco de CADE Salud 2025, conversamos con Pedro García, exministro de Salud de Chile y una de las voces más influyentes en políticas públicas sanitarias en América Latina. Con una mirada crítica y propositiva, García analiza los aprendizajes que dejó la pandemia, las debilidades estructurales de los sistemas de salud en la región, los desafíos comunes que enfrentamos y el potencial transformador de la tecnología. También advierte sobre el costo de seguir viendo la salud solo desde la enfermedad, y no como una construcción colectiva basada en la prevención, el entorno y los hábitos de vida.

¿Cuál es su diagnóstico sobre el estado actual de los sistemas de salud tras la pandemia? ¿Cuáles fueron las principales lecciones?

La pandemia nos dejó una lección durísima: los sistemas de salud del mundo no estaban preparados, y no necesariamente los países con más recursos respondieron mejor. Lo que vimos fue que aquellos con redes asistenciales bien estructuradas, sistemas de vigilancia epidemiológica eficientes y una cultura sanitaria sólida salieron adelante con menos daños. El dinero, por sí solo, no garantiza resultados.

También quedó muy claro el impacto del envejecimiento poblacional. Los adultos mayores fueron los más golpeados por la pandemia y muchas veces no tenemos dimensión del costo social y económico que eso representa. El envejecimiento no puede seguir siendo una variable secundaria en la planificación sanitaria. Hay que anticiparse. Y para eso no basta con hospitales: se necesita una sociedad que entienda que salud es también buena alimentación, viviendas dignas, acceso al agua potable, redes de apoyo. Es decir, los determinantes sociales.

¿Eso implica un cambio de paradigma?

Totalmente. No se trata solo de curar, sino de evitar enfermar. Esa es la gran tendencia que estamos viendo a nivel global. Y eso empieza desde la niñez. Por ejemplo, educar desde los colegios en hábitos saludables, involucrar a las familias, enseñar a cocinar de forma sana. En un país como Perú, que tiene una de las cocinas más reconocidas del mundo, eso es una oportunidad increíble.

También hay que fortalecer la atención primaria, establecer equipos de salud familiar que acompañen al paciente, sobre todo al que padece enfermedades crónicas. Un diabético o un hipertenso no tiene por qué terminar en el hospital si se le sigue adecuadamente. Y ese seguimiento puede hacerse con tecnologías muy simples, como un sistema que le recuerde tomar su pastilla o que le permita registrar sus controles desde el celular. Esto no solo mejora la salud, también reduce significativamente los costos del sistema. No es sostenible tener personas con enfermedades crónicas desde los 30 hasta los 80 años. Eso desgasta al individuo, a su familia y a todo el aparato de salud.

¿Cuál es el rol de la tecnología en ese nuevo modelo de salud?

Es central. Y aquí Latinoamérica tiene una gran ventaja: no estamos tan atados a estructuras obsoletas. Podemos dar un salto directamente hacia modelos más modernos. Por ejemplo, muchos de nuestros ciudadanos ya tienen teléfonos inteligentes. Usémoslos para monitorear su salud, para hacer seguimientos, para brindarles información preventiva.

La inteligencia artificial, el manejo de datos poblacionales, los sistemas de alerta sanitaria pueden cambiar radicalmente la forma en que trabajamos. Pero hoy, la verdad, estamos todavía en pañales. Tenemos que acelerar el paso. Si logramos incorporar estas herramientas, podemos disminuir hospitalizaciones innecesarias, optimizar recursos y lograr mejores resultados con menos gasto. Además, la tecnología permite descomprimir los sistemas. Un paciente bien atendido en casa evita ocupar una cama hospitalaria. Y en contextos donde los recursos son limitados, cada cama cuenta. Esto también permite priorizar los casos más graves y urgentes.

En esa línea, ¿cuáles son los desafíos comunes que enfrentan los países latinoamericanos?

Yo diría que hay tres grandes desafíos: el envejecimiento, las enfermedades crónicas y las adicciones. Y todas estas tensiones elevan los costos del sistema y reducen su capacidad de respuesta. Además, tenemos un entorno económico muy complejo, con presiones fiscales, demandas sociales y una agenda global llena de incertidumbre. Por eso es clave que todos los sectores se involucren. Esto no lo resuelve solo el Ministerio de Salud. Necesitamos gobiernos comprometidos, políticas públicas integradas, empresas con visión social y una ciudadanía activa. Nadie se puede salvar solo. Si uno vive en una burbuja sanitaria, pero al lado hay una comunidad desprotegida, esa burbuja explota tarde o temprano.

Y ojo, porque estos problemas tienen efectos en cadena. Una persona adicta puede generar violencia, accidentes, sobrecarga del sistema penal y del sistema sanitario. Una persona con enfermedad crónica no controlada puede necesitar diálisis, amputaciones, atención permanente. Todo eso es evitable.

¿Cómo se traduce eso en preparación ante nuevas amenazas sanitarias, como pandemias o el cambio climático?

Requiere una gobernanza sanitaria sólida, con planes multisectoriales, liderazgo técnico y coordinación permanente entre el sector público y el privado. Hay que trabajar con estándares comunes y metas compartidas. Y, sobre todo, necesitamos visión de largo plazo. Muchas veces nos perdemos en la coyuntura política o mediática y dejamos de ver lo estructural.

Las futuras pandemias, el calentamiento global, las migraciones masivas, todo eso va a impactar la salud. ¿Estamos listos? En muchos casos, no. Pero podemos estarlo si empezamos a fortalecer las bases desde ahora. Y para eso, el rol de la política es insustituible. Necesitamos liderazgos que vean más allá de la siguiente elección y construyan consensos duraderos.

Chile ha sido referencia en América Latina por sus reformas sanitarias. ¿Qué aspectos cree que podrían replicarse en la región?

Uno de los pilares ha sido la atención primaria. Desde hace décadas, Chile impulsó un modelo en el que a cada equipo de salud se le asigna una población específica, y su tarea no es solo atenderla cuando se enferma, sino mantenerla sana. Eso se puede fortalecer mucho más con tecnologías de monitoreo poblacional.

Otro avance importante fue el Régimen de Garantías Explícitas en Salud (AUGE/GES), que asegura a todos los ciudadanos el acceso a determinados servicios en plazos razonables, con calidad y sin importar su capacidad de pago. Es una política que busca la justicia sanitaria.

Y también aprendimos de los errores. Por ejemplo, el modelo privado basado en el pago por servicio (fee for service) generó abusos y sobrecostos. Hoy sabemos que lo que funciona es pagar por resultados. Eso permite incentivar la eficiencia, la prevención y el uso racional de los recursos.

Usted ha hablado en otras ocasiones del rol clave de las mujeres en salud pública. ¿Podría profundizar en eso?

Las mujeres son las grandes aliadas del sistema de salud. Son quienes cuidan a los hijos, a los padres, a la familia. Tienen una conciencia sanitaria muy poderosa. Cuando entienden que con un simple control pueden evitar un cáncer, lo hacen y lo promueven. Por ejemplo, muchas mujeres que vivieron el drama del cáncer cervicouterino hoy llevan a sus hijas a vacunarse contra el virus del papiloma humano. Eso es salud pública en acción.

Por eso es fundamental incluirlas como agentes de cambio, no solo como beneficiarias del sistema. Además, las políticas públicas deben facilitar su rol: darles acceso a información, servicios de salud amigables, horarios adecuados. Las mujeres, de todos los niveles sociales, son clave para construir una cultura de salud.

¿Qué rol deben jugar los incentivos en salud?

Clave. Si tú incentivas que las personas se controlen a tiempo, vas a tener mejores resultados. Si incentivas a los equipos médicos para que sean eficaces, vas a reducir costos. Pero si pagas por actividad, sin importar la calidad ni el resultado, estás creando un sistema inflacionario y, a veces, hasta perverso.

Tenemos que dejar atrás los modelos que recompensan solo o prioritariamente el manejo de la enfermedad. Hay que premiar la prevención, la adherencia al tratamiento, el seguimiento exitoso. Eso también requiere regulaciones claras, fiscalización y una cultura de transparencia.

¿Qué mensaje final dejaría a los nuevos líderes de salud pública en América Latina?

Que nunca pierdan de vista a las personas. Siempre hay que preguntarse: ¿qué me gustaría que le pasara a mi familia si tuviera que usar el sistema de salud? Eso te obliga a pensar en las condiciones de vida antes que en la atención médica. El mejor consultorio del mundo no sirve si la gente vive sin agua potable. La mejor cirugía no compensa años de mala alimentación. La salud comienza en la vivienda, en la educación, en el entorno.

Y también requiere una mirada de largo plazo. Las grandes obras, los imperios, las culturas milenarias, las empresas sostenibles se construyen pensando en décadas, no en elecciones.

Nuestro desafío es lograr sistemas de salud resilientes, inclusivos y humanos. Y eso empieza por tener líderes comprometidos con el bienestar colectivo, no con la coyuntura. Además, necesitamos una ciudadanía empoderada, que entienda que la salud no es solo un derecho, sino también una responsabilidad compartida. Promover comunidades informadas, activas y conscientes puede marcar una enorme diferencia en los resultados sanitarios. Porque al final del día, los sistemas de salud no son solo edificios, cifras o presupuestos: son personas cuidando a otras personas, en red, con compromiso, con empatía.

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