El CADE Salud 2025 nos ha ofrecido una perspectiva muy clara de los desafíos y oportunidades que definen el presente y el futuro inmediato de nuestro sistema de salud. Para quienes lideramos instituciones de educación superior con la responsabilidad de formar a los profesionales que sostendrán dicho sistema, las conclusiones vertidas en este foro demandan una reflexión estratégica profunda.

La propuesta de reforzar en el país la política de Atención Primaria de la Salud, por ejemplo, subraya una necesidad estructural que impacta directamente en el perfil del médico que debemos formar. A estas alturas del desarrollo de la investigación en Medicina Humana, ya no se trata únicamente de dotar a nuestros egresados de competencias clínicas para la resolución de patologías.

El énfasis debe estar en cultivar una visión proactiva, orientada a la promoción, la prevención y la gestión integral de la salud individual y comunitaria. Esto implica una re-evaluación de nuestros modelos educativos para integrar de manera efectiva los aspectos sociales que son determinantes en la salud, así como las estrategias de promoción de una nueva forma de entender el bienestar.

Una rectoría estatal fortalecida ayudaría a formar profesionales que comprendan la complejidad del ecosistema sanitario y que estén preparados para colaborar eficazmente con diversos actores.

La irrupción de la inteligencia artificial en la práctica médica exige una respuesta formativa que vaya más allá de la capacitación instrumental. Es cierto que la competencia digital debe integrarse transversalmente en el currículo, fomentando la capacidad de análisis de datos y la toma de decisiones informada. Pero también lo es que esta debe manejarse con ética y responsabilidad.

Un punto estratégico por considerar es la integración de dimensiones del bienestar que trascienden lo puramente biológico. Me refiero al plano emocional y social, que debemos tener en cuenta en el diagnóstico, a cargo de profesionales capaces de comprender la complejidad de la experiencia humana en el contexto de la salud y la enfermedad.

No formamos solo profesionales con conocimientos técnicos. Formamos personas con valores, sensibilidad social y vocación de servicio. Actualmente, nuestros docentes y alumnos desarrollan estudios sobre salud pública, nutrición, enfermedades crónicas, salud mental y, más recientemente, están incursionando en el impacto de la inteligencia artificial en la formación clínica y la gestión hospitalaria.

Este año, a través del Centro de Investigación, Tecnología e Innovación Cosmética (CITIC) de la Universidad San Ignacio de Loyola, estamos presentando investigaciones sobre el uso del sacha inchi en cremas para pacientes oncológicos, y sobre el aceite de sinami —producto vegetal extraído del fruto de una palmera nativa de la región de Madre de Dios— para su uso en cosmética y nutracéutica.

Fomentar la investigación en áreas como la salud pública, la nutrición y las enfermedades crónicas contribuye directamente a la formación de un médico preparado para actuar en diversos contextos y escenarios. Por eso, destaco particularmente uno de los acuerdos de este foro de salud: revisar y actualizar los currículos, orientándolos hacia una perspectiva comunitaria y preventiva.

Si el desafío principal radica en la gestión de la salud en el primer nivel de atención, no podemos seguir formando profesionales predominantemente centrados en el ámbito hospitalario. Esto implica repensar las rotaciones clínicas y exponer a nuestros estudiantes a la realidad epidemiológica de nuestro país.

El Pacto por la Salud de los Peruanos, surgido de este CADE Salud 2025, representa un marco de acción que debemos internalizar en nuestra planificación académica. En última instancia, nuestra responsabilidad como universidad es formar médicos que no solo posean un sólido conocimiento científico y habilidades clínicas, sino que también exhiban un compromiso ético inquebrantable, una capacidad de liderazgo colaborativo y una visión integral de la salud.

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