Por más de seis décadas, IPAE Acción Empresarial ha promovido espacios de reflexión y propuestas para enfrentar los grandes retos del país. En este 2025, da un paso crucial: lanza la primera edición de CADE Salud. Conversamos con Gonzalo Galdós, presidente de IPAE, sobre las razones detrás de esta apuesta, los desafíos estructurales del sistema de salud y las oportunidades para construir un sistema más justo, eficiente y humano.

¿Por qué IPAE ha decidido lanzar CADE Salud? ¿Qué condiciones lo hicieron urgente?
IPAE tiene una trayectoria de trabajo en temas fundamentales para el desarrollo del país: institucionalidad, crecimiento económico inclusivo y educación de calidad. Sin embargo, en los últimos años nos dimos cuenta de que había una deuda pendiente: la salud. Observamos que los problemas estructurales del sistema de salud tienen paralelismos muy claros con los del sistema educativo, particularmente en términos de acceso, calidad y capacidad de gestión. Nos dimos cuenta de que hablar de desarrollo sin abordar la salud es una ilusión. Incorporamos entonces la salud universal como un cuarto pilar estratégico en IPAE. Esta decisión no fue improvisada; responde al convencimiento de que, sin salud, no hay dignidad ni desarrollo. Además, hay una dimensión política: los empresarios debemos asumir un rol más activo, no solo promoviendo inversión privada, sino también colaborando con el Estado en iniciativas concretas, como obras por impuestos o asociaciones público-privadas. La ciudadanía no acepta más un crecimiento que no se traduzca en bienestar tangible.

¿Qué factores estructurales identifican como los más críticos en el sistema de salud actual?
El sistema arrastra décadas de ineficiencia, fragmentación y precariedad. Pero más allá de los recursos, el gran problema es la gestión. Hay una evidente incapacidad de ejecución en el sector público: presupuestos que se devuelven, obras que se demoran años más de lo previsto, decisiones desconectadas de la realidad. Y lo más grave es que esta narrativa de que “faltan recursos” se ha convertido en una excusa. Hemos tenido incrementos significativos en la recaudación tributaria, pero eso no se ha traducido en mejores servicios. El problema no es cuánto tenemos, sino qué hacemos con lo que tenemos.

Entonces, ¿dónde están las oportunidades de mejora?
Donde hay incapacidad de gestión, necesitamos socios. Las APP, las obras por impuestos y otras formas de colaboración público-privada son mecanismos naturales para resolver este cuello de botella. Existen ejemplos concretos como los hospitales de Essalud Barton y Kaelin, que funcionan con modelos de gestión privada dentro del sector público. Pero lamentablemente, estos casos son invisibilizados deliberadamente. No se quiere que se vean como modelos replicables. Además, hay oportunidades en logística, abastecimiento de medicamentos, uso de tecnologías para diagnóstico y atención remota. La pandemia evidenció cuán costosa puede ser la inacción: no solo en términos económicos, sino en vidas humanas. Miles de peruanos murieron por falta de camas UCI, oxígeno o atención oportuna.

¿Qué aprendizajes del sector privado podrían incorporarse al sistema público de salud?
Muchísimos. En primer lugar, los sistemas de gestión. En el hospital Barton, por ejemplo, se maneja el stock de medicamentos con códigos y sistemas automatizados que evitan quiebres sin sobredimensionar inventarios. Eso es eficiencia. También la incorporación de tecnología. Hoy, la salud necesita de la inteligencia artificial, big data y de telemedicina para hacer prevención y diagnóstico temprano. El 70% de los casos pueden resolverse en un primer nivel de atención sin necesidad de especialistas, y eso se puede lograr con conectividad y plataformas bien diseñadas. Otro tema es el talento humano. Muchos médicos jóvenes, egresados de buenas universidades, están optando por clínicas privadas porque el sistema público no les ofrece desarrollo profesional ni condiciones dignas. Ahí se está perdiendo capital humano que podría ser clave en la transformación del sistema.

¿Y cómo lograr esa transformación frente a las resistencias ideológicas o gremiales?
Esa es una de las barreras más difíciles. Hay una ideologización del debate que impide cualquier colaboración. Se sataniza la participación del sector privado como si fuera incompatible con el bien común. Eso no es cierto. Lo vemos en la educación: el 70% de la educación superior es privada y ha sido regulada para garantizar estándares mínimos. En salud estamos viendo lo mismo: familias de ingresos medios y bajos hacen enormes sacrificios para pagar clínicas privadas porque la salud pública no da respuestas. Esa es una evidencia de que el sistema no está funcionando. El problema no es ideológico, es práctico. Si seguimos negando la posibilidad de colaboración por prejuicio, el resultado será más fragmentación, más muertes evitables y más desconfianza ciudadana.

¿Qué tipo de liderazgo necesita hoy el sistema de salud?
El sistema de salud necesita un liderazgo transformador, con una visión integral del país y con la capacidad de convocar, inspirar y ejecutar. Pero más allá de habilidades técnicas o de gestión, lo que más urge hoy es un liderazgo ético y profundamente humano, un liderazgo basado en el servicio. Cuando hablamos de liderazgo en salud, no estamos hablando de una persona que solo administre presupuestos o implemente políticas. Hablamos de alguien que comprenda que cada decisión afecta directamente la vida de miles de personas. Un verdadero líder en salud debe ser, ante todo, un servidor público en el sentido más amplio de la palabra: alguien que pone al ciudadano, y no al cargo, en el centro de sus prioridades. Necesitamos líderes que escuchen con humildad, que reconozcan las limitaciones del sistema, que no le teman a la autocrítica y que tengan la valentía de hacer cambios impopulares si son necesarios para lograr un bien mayor. Líderes que sepan trabajar en equipo, que puedan articular esfuerzos entre niveles de gobierno, con el sector privado, con la academia y con la sociedad civil. Que no vean a los demás como rivales, sino como aliados en un propósito superior: el bienestar de la población. Este liderazgo también requiere una enorme capacidad de aprendizaje. La pandemia nos enseñó que no basta con la experiencia pasada; se necesita flexibilidad, capacidad de adaptación y actualización constante. Un líder de salud debe estar abierto a nuevas ideas, a nuevas tecnologías, a nuevas formas de atender, diagnosticar, prevenir y gestionar. Pero también debe tener claridad para discernir qué propuestas realmente generan valor y cuáles son solo distracciones. Y finalmente, debe ser un liderazgo con coraje. Porque transformar el sistema de salud implica enfrentar resistencias, desmontar estructuras que no funcionan, romper inercias y remover intereses enquistados. Implica tomar decisiones difíciles, muchas veces en contextos de alta presión y poca gratitud. Pero ahí es donde se distingue un verdadero líder: en su capacidad para mantenerse firme, actuar con integridad y perseverar, incluso cuando el entorno es adverso.

¿Qué esperan lograr concretamente con esta primera edición de CADE Salud?
Buscamos tres grandes cosas. Primero, visibilizar la urgencia de transformar el sistema de salud y dejar atrás la lógica de mejoras incrementales. Lo que se necesita es una reforma estructural, disruptiva, que cierre brechas con rapidez y sostenibilidad. Segundo, promover un pacto amplio por la salud, que comprometa a actores públicos y privados en principios básicos: eficiencia, transparencia, equidad y continuidad de políticas más allá de los gobiernos de turno. Y tercero, generar un documento de propuestas que pueda ser incorporado en los planes de gobierno de los partidos políticos. En un año preelectoral, es fundamental que la salud esté en el centro del debate, no solo la seguridad o el crecimiento económico.

¿Ya hay acercamientos con los partidos políticos?
Sí. Varios partidos que están elaborando sus planes de gobierno han enviado representantes al CADE Salud, y lo han hecho pagando su participación. Eso nos parece una señal positiva: si un candidato o un equipo técnico quiere tomar decisiones informadas, necesita escuchar a los expertos. En CADE Ejecutivo se hará un trabajo más político, buscando que los principales candidatos asuman compromisos públicos. Pero en CADE Salud queremos construir la base técnica, las ideas, el sustento para ese debate.

¿Cómo se hará el seguimiento a los acuerdos o propuestas que surjan?
Estamos promoviendo la firma de un pacto por la salud, con compromisos concretos. Nos gustaría que CADE Salud termine con una declaración pública de actores relevantes, similar a lo que se logró en educación. Sabemos que el Estado no siempre metabolizará rápido estas propuestas, pero hay señales alentadoras. Este gobierno ha mostrado interés en el trabajo que viene haciendo IPAE, y confiamos en que se puede generar una agenda común. Además, CADE Salud no será un evento único. Pensamos en un trabajo sostenido durante tres o cuatro años, con encuentros periódicos y monitoreo de avances. Solo así se logra un verdadero cambio.

¿Entonces habrá más CADE Salud en el futuro?
Sí. Este es solo el inicio. La salud requiere perseverancia y visión de largo plazo. La idea es repetir CADE Salud durante los próximos años, quizá luego de forma bianual, pero siempre con la intención de mantener el tema en la agenda pública y asegurar que se avance. IPAE tiene 66 años de historia. Sabemos que los cambios reales requieren tiempo, consistencia y convicción.

¿Tienen metas específicas que esperan lograr en esta edición?
Sí. La primera es poner sobre la mesa propuestas transformadoras, no reformas tibias. Queremos hablar de disrupción, de alianzas reales, de cómo cerrar brechas con rapidez. La segunda es que ese pacto por la salud sea asumido públicamente y que sirva de base para políticas de Estado. Políticas que trasciendan gobiernos y se mantengan en el tiempo, porque la salud no puede depender del capricho político de turno.

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